La higuera de Montegrande
A un costado de la Casa-Escuela donde Gabriela Mistral vivió hasta las once años se yergue la casa colonial que pertenece a Raúl Varela, ingeniero de 95 años que construyó, entre otras cosas, el edificio de los tribunales en Concepción. La casa puede tener perfectamente ciento cincuenta años y está dispuesta en torno a un jardín generoso en plantas y coloridas flores. A trescientos metros en dirección a la quebrada, el terreno es bañado por el Río Claro que en estos días corre con aguas torrentosas y gélidas. A medio camino al río, un pequeño bosque de higueras ofrece un lugar de remanso de paisaje impresionante a las montañas y valles que conforman el notable valle del Elqui.
Esparcidas entre estas higueras se encuentran las cenizas de Francisco Varela, hijo del propietario y tío del mago del cerro. Hablamos de un neurocientífico chileno de renombre internacional y muerto prematuramenteque en el momento de su vida que trabajaba en el Instituto Luis Pasteur de Paris. Junto con el biólogo Humberto Maturana, Varela se ganó la fama mundial con el libro de filosofía de la ciencia llamado "El arbol del conocimiento". Últimamente se había tranformado en un verdadero puente entre Oriente y Occidente gracias a sus investigaciones acerca de mente (y el efecto sobre ella de las prácticas budistas) y su amistad con el Dalai Lama. Entre árboles Varela escogió poner su morada definitiva, a lo mejor por el himno al arbol de Gabriela Mistral.
"Arbol que donde quiera aliente
tu cuerpo lleno de vigor,
asumes invariablemente
el mismo gesto amparador.
Haz que a través de todo estado
niñez, vejez, placer, dolor,
asuma mi vida un invariado
y universal gesto de amor."

Comentarios
1 comment postedMe gustaría agradecer de corazón por este artículo. La sobriedad, sinceridad, belleza y profundidad de lo que en breves palabras aquí se describe nos ha conmovido (a mí y a mi familia) al constituir una suerte de maravilloso homenaje a mi gente y a mis raíces. Sin duda mi abuelo y mi padre serán inmensamente felices leyéndolo y estoy seguro de que mí tío hubiera esbozado al verlo una de sus inigualables sonrisas. Nuevamente mil gracias. Gestos tan espontáneos y gratuitos como éste no pueden sino acercarnos como vecinos y como seres humanos.
J. Esteban Varela
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