La peste (última parte)
La lucha contra la peste duró largos meses pero, como era de esperarse, el aislamiento de la ciudad por decreto y tanto la actividad profiláxica como de animación social que realizaron tantos, como Gilda, dieron sus frutos. Las tasas de mortalidad después de no parar de alzarse comenzaron a estancarse y, luego, a descender. Se acercaba el día en que Juan Carlos podría reencontrarse con su amada, separados por el inesperado exilio. El padre Gastón renovaba su esperanza en que las cosas en la ciudad cambiarían para siempre después de la tragedia vivida, que él atribuía al Creador.
La libertad para la ciudad, finalmente, llegó. No hay que dejar de señalar que durante el mes que siguió a la apertura, los conciudadanos reaccionaron en forma contradictoria. Pasaron exactamente tanto por alternativas de excitación como de depresión. En algunos, la peste había hecho crecer un profundo escepticismo del cual no lograban librarse. En otros, como Juan Carlos, la vida había vuelto a darle una inmensa alegría de poder volver a ver a su amada.
Para asociarse a la alegría de estos conciudadanos la autoridad ordenó restablecer la iluminación de tiemps normales. Oyendo los gritos de alegría que llegaban desde la ciudad, Gilda recordó que esta alegría estaba siempre amenazada. Pues ella sabía lo que la muchedumbre alegre ignoraba y que puede leerse en los libros: el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás; puede permanecer durante decenios adormecido en los muebles y en la ropa; espera pacientemente en los cuartos, en las bodegas, en las maletas, en los papeles, y quizás llegue el día en que, para desgracia y enseñanza de los hombre y mujeres, la peste despierte a las ratas y las envíe a morir en una ciudad dichosa.

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