La peste (tercera parte)
A partir del momento en que se decreta el cirre de la ciudad podemos decir que la peste fue un problema de todos. Hasta entonces, y a pesar de la sorpresa y de la inquietud que habían provocado los enfermos y fallecidos, cada uno de los conciudadanos siguió preocupándose de sus asuntos en la forma más normal, y en su mismo puesto. Sin ninguna duda así debiera haber continuado. Pero una vez que las puertas de la ciudad fueron cerradas, se dieron cuenta que todos ellos, incluidos este narrador, estaban metidos en el mismo saco y tendrían que arreglarse de algún modo. Así fue que, por ejemplo, un sentimiento tan personal como es separarse de un ser querido se convirtió repentinamente en un sentimiento común de todo el pueblo.
"Estoy bien. Pienso en ti. Cariños. Juan Carlos", escribía telegráficamente nuestro protagonista, tan como seguramente lo estaban escribiendo otros tantos enamorados a sus novias exiliadas. El padre Gastón, por su parte, advertía a los feligreses que la peste no podía ser seguramente otra cosa que un castigo del Altísimo y más valía aprovechar la oportunidad del destierrode la ciudad para enmendar rumbos. "Dios es grande, vengan a él", repetía el cura sin cesar. Gilda en cambio no se acercaba a la iglesia a escuchar los sermones y prefería su plan de organización para formar equipos sanitarios voluntarios, el que contó, de primeras, con una fría recepción por parte de la autoridad local. Pero en la medida que las muertes por la peste aumentaban hasta alcanzar cifras exhorbitantes, el apoyo e, incluso, el agradecimiento oficial no tardó mucho en llegar.

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